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La moda
que incomoda

Por: Clara Cersosimo

Tanto el crecimiento veloz de la moda lenta como la abismal contaminación generada por la moda rápida son una realidad. Es por eso que la industria debe adaptarse en todos los segmentos de la producción.

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La ropa vintage está de moda. Cada vez son más las jóvenes que desempolvan percheros enteros de sus madres y hasta de sus abuelas en busca de tapados, vestidos o zapatos que ya están fuera del mercado. Ahora es cool que tus primas te pasen la ropa que ya no les queda y el número de gente que revuelve entre las pilas de ropa en mercados y ferias está en alza. Las redes sociales están inundadas de videos de gente de todas las edades y nacionalidades mostrando las “joyitas” que encontraron en ferias y locales que venden exclusivamente ropa usada. Algo tan banal como el incremento de ferias o los videos de las adolescentes es resultado directo de un cambio que viene creciendo silenciosamente hace varias décadas: el slow-fashion, una alternativa al consumo excesivo e irreflexivo que caracteriza a nuestra sociedad. 

 

Fuente: TikTok y edición propia

El aumento de la moda lenta puede atribuirse a varios motivos. Para comenzar, la conciencia ambiental está cobrando mayor visibilidad, especialmente entre la gente joven. Esto es incompatible con la cantidad de residuos y contaminación que genera la industria de la moda. En segundo lugar hay una cuestión económica: los precios de la ropa en marcas conocidas están entre los que más aumentaron en el 2021, que de acuerdo a los números del Indec, crecieron un 65%. Finalmente, puede hablarse de una nueva especie de moda que busca romper con la uniformidad y promover un estilo auténtico y original. Sea cual sea el motivo predominante, el monopolio del fast fashion está bajo amenaza y con él, la industria tradicional. 
 

¿De qué hablamos cuando nombramos a la industria tradicional? Detrás de cada remera, pantalón o zapato a la venta hay un circuito productivo. Este va desde la primera vez que la prenda es imaginada hasta la misma transacción. Las instancias podrían dividirse en el diseño, la elección y el tratamiento de la materia prima, la confección de las prendas y su posterior venta. Cuando hablamos de fast-fashion, el circuito termina así. Las prendas son desechadas cuando ya no pueden seguir el desproporcionado frenesí de la moda. Según cifras del Congreso de Moda de Copenhague, la industria de la ropa es responsable del desperdicio de 92 millones de toneladas al año. La Fundación Ellen McArthur, dedicada a la economía circular, clama que cada segundo un camión lleno de textiles es tirado a la basura. 

El gran cambio del slow-fashion, es que convierte el ciclo en infinito. Mientras la moda rápida se basa en la producción y consumo desenfrenado, el slow-fashion nos invita a apreciar la belleza de cada prenda, dándole valor a la calidad sobre la cantidad. Invita a un consumo consciente. Mía Quinn, dueña de Gen Estudio y modelo, reflexiona: “Yo creo que de a poco la gente está cambiando. Hay mucha más conciencia de que por ejemplo, una remera no te puede salir tres dólares. Si sale tres dólares, es porque algo está mal. Se está empezando a valorar el trabajo de la gente, el proceso creativo, la mano de obra”. 

Además de la conciencia, esta moda es diferente a todas las anteriores de forma categórica. Con el auge del individualismo y la fragmentación, los jóvenes quieren diferenciarse; ya no quieren llevar todos cierto par de zapatillas o el mismo buzo. Quieren tener prendas que resalten por ser únicas. Así entra en escena la moda lenta, que implica modificaciones no solo en la etapa de posventa, sino en todo el proceso productivo. Genera una desaceleración que a su vez causa que la industria en todos sus eslabones sea cada vez más sostenible y amigable con el planeta. 

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La primera idea 

El primer paso para producir una prenda nueva es el diseño. Con la mirada puesta en la elaboración y el consumo consciente, el uso de materiales biodegradables, orgánicos o reciclados está cada vez más presente en la cabeza de los diseñadores y consumidores. Gucci dejó de usar pieles de animales, Adidas se alió con Parley para hacer tejidos de plásticos recolectados de los océanos y Zara puso canastos en sus locales para incentivar a la gente a que deje allí la ropa que ya no usa, para volverla a utilizar. 

Otra propuesta del slow-fashion es consumir más localmente. Es por esto que la atención no está puesta solo en las grandes marcas, sino también en emprendimientos. Un ejemplo de emprendimiento sustentable es @re.dsgn_, que da a la ropa vieja y sin usar una nueva vida a través del upcycling. Juliana García Bello es una de las diseñadoras galardonadas por trabajar con este sistema. Marti Kretschmar y Rocío Del Mar, creadoras de la marca, cuentan lo que buscan: “Hacer prendas versátiles, que perduren en el tiempo, sean atemporales, ser éticos con los trabajadores”. Según ellas el cambio es posible y vale la pena, pero también es un camino más lento. 

Desde la producción de fibras hasta la moda, la industria textil es considerada la segunda actividad más contaminante a nivel global. En procesos como hilar, tejer y aplicar técnicas de acabado como dar resistencia y brillo se usan grandes cantidades de agua y productos químicos. Según cifras del Boston Consulting Group, en 2015, la industria de la indumentaria y textil fue responsable del consumo de 79 mil millones de metros cúbicos de agua. Sin embargo, la agenda de los empresarios está empezando a cambiar. 

Rodolfo Liberman, dueño de Tikvatex, la tintorería industrial más grande del país exclusiva de terceros, contó que si bien en nuestro país existe poco, hay una tendencia de no cortar las etiquetas para poder ver la composición de la prenda y reusar los materiales. “Antes el reciclado era sinónimo de mala calidad, hoy es sinónimo de responsabilidad”, dice Luciano Galfione, secretario de la fundación Pro Tejer. De esta manera, la tela vuelve a circular, ser tratada y producida. La moda circular está creciendo, pero en Argentina es muy lentamente dado que, según Liberman, un 60% de la población consume indumentaria de La Salada o mercados informales, que no se adhieren a estas nuevas medidas. 

Además, la tintorería está en la búsqueda constante de insumos eco-amigables, el desarrollo de procesos que no tengan impacto negativo en el entorno y la concientización de su gente. A nivel global también están surgiendo nuevas técnicas, como la impresión digital que permite estampar sin agua y textiles sostenibles que provienen de fibras de cáñamo, café molido, piña, banano o loto. 

La materia prima

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Fuente: Instagram de Re.dsgn_

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Una de las medidas que tomó Tikvatex es comenzar a utilizar energía limpia. Este es el techo de la tintorería, con paneles solares. Fuente: Semillero Textil

La creación

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Luego de procesar las telas, continúa el proceso de producción. Uno de los grandes problemas éticos a los que se enfrenta la confección es la explotación laboral que sufren sus empleados. Si bien los casos más conocidos son en Bangladesh o China, no es necesario ir tan lejos. En Argentina, el mismo problema es muy difícil de controlar dado el alto grado de informalidad laboral, que según Patricia Marino, ex directora del Centro de Investigación y Desarrollo Textil del INTI, en el sector de confección de indumentaria llega a índices del 77%. Valorar el trabajo de los empleados apropiadamente, y adaptar los precios que se pagan por los productos hechos de manera consciente es otra arista de la moda lenta. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Familias enteras han sido encontradas viviendo y trabajando en talleres clandestinos. Fuente: Télam

 

 

En cuanto a la sustentabilidad, Luciano Galfione, secretario de la fundación Protejer, cuenta: “cada vez lo que era excepción y sólo voluntad propia se empieza a convertir en requisito”. Aunque producir de esta manera será más caro hasta que haya una masividad productiva sustentable, la tendencia va en esa dirección, traccionada por los grandes jugadores textiles del mundo. Algunas maneras de hacer más sustentable la producción que se están llevando a cabo son: hacer productos de la mejor calidad posible para que sean más durables en su uso y utilizar máquinas con tecnologías orientadas a disminuir el impacto medioambiental. 

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La venta

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Una vez terminada la prenda, pasa a la comercialización. En los últimos años, y acelerada por la pandemia, surgió una tendencia a nivel global de los consumidores a productos menos masivos, que coincidan con su identidad y sus valores. Si bien en Argentina la mayoría del mercado es fast-fashion y accesible, los sectores con mayor accesibilidad económica están comenzando a tener un consumo más reflexivo. 

Barbara Bisignano, ingeniera textil con experiencia en grandes marcas de indumentaria argentinas, reflexiona: “Creo que falta un (largo) camino por recorrer sobre todo en cuanto a la toma de conciencia. La cultura de consumo predominante en el país -y en gran parte del mundo- nos lleva a no detenernos a pensar si necesitamos todo lo que compramos, si lo pagamos a un precio justo, si fue producido en condiciones éticas, entre otros interrogantes que podríamos tener. Considero que es importante empezar a hacernos preguntas y despertar de esos hábitos que mantenemos por inercia o por desconexión con la naturaleza”. 

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¿Qué pasa después?

Según el modelo de consumo habitual, luego de consumir una prenda y utilizarla por cierta cantidad de tiempo, la prenda se desecha. Pero el slow-fashion presenta varias alternativas. Además del upcycling, fomentado tanto por emprendimientos como por grandes marcas, están creciendo las tiendas dedicadas exclusivamente a la ropa usada o vintage. La más conocida en Argentina es Juan Pérez Vintage, donde uno puede encontrar desde una remera básica hasta un par de zapatos de Christian Louboutin. En el mercado de las prendas usadas también hay muchos emprendimientos radicados únicamente en internet. Son muchas los personas que le dan a las prendas una segunda oportunidad, de distintas maneras.

El modelo de negocios también es particular y personalizado. Las dueñas de @Dmodvintage cuentan: “Hacemos scouting en toda la ciudad buscando joyitas que nos enloquezcan y obviamente estén impecables”. De hecho, uno de los aspectos más llamativos de las prendas vintage es esta idea de que cada prenda es única, tiene una historia y fue cuidadosamente seleccionada. Para combinar estas prendas tan distintas, muchas marcas estilizan las prendas y muestran cómo uno puede combinarlas. Algunas avanzan aún más y venden prendas básicas para estilizar dichas “joyitas”. 

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La ropa vintage pisa fuerte y devuelve eras enteras de prendas y outfits, estilizadas por los ojos del presente. Las prioridades de los consumidores evidentemente están cambiando y en base a eso, también los procesos de la industria. Aunque el modelo de negocio de fast fashion sigue vigente en mayor parte del mercado, el cambio de mentalidad de las nuevas generaciones presiona a la industria a acercarse a la sustentabilidad y formas de producción éticas para mantener sus marcas vigentes.

Fuente: Instagram de Dmod Vintage

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